Once again the American battle drums are being beaten for a ‘humanitarian intervention’ in the Syrian civil war. The excuse is very well known. It is a rerun of the ‘weapons of mass destruction’ discourse. But we know what lies behind this farce. This new postmodern crusade is being fought for the sake of energy and free markets.
By pointing out and emphasizing Syria’s people as victims it then becomes easy to make them conventional and temporary symbols that justify intervention. But this end-means rationality has backfired on numerous occasions, as shown in Afghanistan, Iraq and Libya. Substantial evidence has piled up in order to safely claim that the original intention of meddling in foreign lands is dysfunctional and illegitimate. This is because intervention on humanitarian grounds has always another side to the coin, that of installing a western ‘democratic’ way of life in the countries and regions which are ‘saved’ from their own selves. Postmodern crusaders have substituted the symbols to justify their motives, but their haphazard intentions remain the same. And the effects are plain for anyone to see. A social conscience and the guts to jettison your television set suffice, in order to be able to separate the truth from mass propaganda.
When it comes to achieving objectives anything holds, even supporting rebels of the caliber of Al-Qaeda. But we must not be surprised by this neo-realistic use of mercenaries to accomplish foreign tasks. We can recall the support by the USA of Islamic Mujahideen elements back in the 1979 Afghanistan war against the USSR. It was those same ‘rogue insurgents’, as they were later rebranded, that emigrated and rearticulated their struggle throughout crisis prone countries - ranging from Bosnia, to Chechnya and Syria itself. In this sense, supporting terrorism has only bred more of it. Therefore, this represents a very awkward and contradictory way of inflaming the causes on which to further justify the war on terror - surveillance and defense strategies - that has spun the American military-industrial-complex out of proportion, and which has limited civil and constitutional liberties on the way.
Facts, symbols and language itself is twisted around to fit in convenient narratives. In this sense, the Syrian and Libyan populations are victims, but Saudis and Bahrainis (western allies) who are perennially repressed are insurgents.
Obama is in a quandary. He cannot set a bad example for Iran and North Korea by being soft on regimes that have crossed the ‘red line’, as Syria´s purported use of Sarin gas could show. On the other hand, he must not fall prey to Israeli pressure to intervene militarily, as Uncle Sam is not a direct actor in the region.
Syria should not be next in replicating the Iraqi WMD fiasco. If it does so the world will once again be witness to the removal of a legitimate leader, in accordance to the practices of its own culture and history. But most importantly, the United States must be very wary of being tempted to repeat a support of the same ‘terrorists’ who in the near future will make life miserable to the ‘liberated’ peoples of today.
The Syrian civil war is nowhere a glimpse of the pseudo-democratic claims of the ‘Arab Spring’, as the west portrayed it. And the main reason for this is that this new version of the Cold War has transformed Syria into a land base for conflictive proxy interests, ranging from Israeli animosity and Sunni hatred, to its justification as a pawn for the balance of power and reestablishment of a sphere of influence for a resurgent Russia.
The mustering of American forces to contain a rising China and Russia is hampering a new multipolar world. Besides, a western neoliberal and corporate diktat - which has no other allegiance besides money - is being forced upon other emerging powers on the world stage. The corporate ‘civilizing mission’ means imposing a liberal free-market dogma as a solution. This is why the array of forces opposing this interventionist ‘humanitarian façade’ comprises a convenient but necessary alignment of motley national and cultural interests. The ideological struggles of yesterday have given way to a pragmatic defense of common sense in the now.
Creció el poder de las élites y la conciencia de la sociedad pero se mantuvieron casi intactos los tapones que frenan la participación social. En los últimos 20 años México dejó de ser un país presidencialista y centralista; grandes porciones de poder se lo apropiaron las élites (tradicionales o nuevas) entre las que se encuentran los carteles, los gobernadores, los líderes sindicales, los multimillonarios y los partidos políticos.
Los valores políticos también se transformaron. Aunque los porcentajes varían por encuestadora, hay un alto respaldo a la democracia como forma de gobierno y una gran insatisfacción por la manera en que funciona. También se amplió la certidumbre de que se tienen derechos y se valora la participación social (según la última Encuesta Mundial de Valores la sociedad da casi el mismo nivel de confianza al movimiento feminista que a las fuerzas armadas). Sin embargo, la participación en asuntos públicos, partidos políticos y organismos civiles se ha desplomado o estancado (ronda 20% de la población adulta). Ese taponeo provoca frustración, desencanto y pasividad y obstaculiza la solución de muchos problemas.
Las cifras muestran un patrón: a mayor capital social positivo menores niveles de violencia y mejores gobiernos locales. Cuando una persona canaliza sus deseos en acción colectiva que se institucionaliza se crea capital social positivo (es el caso, por ejemplo, de los medios independientes o de los organismos civiles y empresariales). El tejido social negativo serían las redes corruptoras o delincuenciales.
En México el acceso a la información y la libertad de expresión, entre otros factores, han permitido un fortalecimiento relativo del capital social. Sin embargo, su crecimiento ha sido desigual o se ha frenado por la ceguera cortoplacista de las élites que, salvo algunas excepciones, han saboteado las instituciones que deberían ser conducto entre sociedad y gobiernos. Por lo general, los partidos se alían con las élites; los organismos públicos que tutelan derechos, o los consejos ciudadanos tan comunes hoy en día son copados y cooptados por quienes gobiernan transformándose, por tanto, en vistosos pero irrelevantes floreros.
La relación entre sociedad y élites es diferente en cada estado y región. Es un rompecabezas en constante movimiento que apenas empezamos a apreciar en toda su complejidad. El Distrito Federal, por ejemplo, ha disfrutado y padecido las consecuencias del centralismo; es el espacio geográfico con mayor concentración de capital social. En este lugar florecen medios independientes, universidades, centros de investigación, organismos civiles, movimientos sociales, cámaras empresariales y organizaciones vecinales que gradualmente se profesionalizan y especializan en el arte de enfrentarse a los jinetes del urbanismo salvaje y sus aliados en el gobierno. Puede afirmarse que en el Distrito Federal hay relativamente menos obstáculos a la participación que en otras ciudades.
Los organismos en la ciudad tienen como particularidad que incorporan en sus objetivos la agenda nacional (en el interior del país no es una práctica tan marcada). Recapitulemos. Los médicos se movilizaron en la capital contra el autoritarismo sindical en 1965; aunque los estudiantes protestaron en 1968 por agravios locales su pliego petitorio iba en general contra la violencia estatal; las grandes marchas de 2008 y 2011 contra la violencia se hicieron teniendo en mente lo que pasaba en el país; y el Movimiento YoSoy132 en su primera etapa se centró en la democratización en los medios.
La izquierda ha triunfado en la capital desde 1997 porque había una base electoral y un tejido social que le ha permitido permanecer en el cargo, mientras que en otras entidades (Zacatecas, Baja California Sur y Michoacán) ha carecido de la consistencia para permanecer, trascender y distinguirse. A los gobiernos capitalinos hay que reconocerles algunas mejoras en atención a grupos vulnerables, en el transporte colectivo y en la ampliación de libertades. Sin embargo, se han olvidado de combatir el urbanismo salvaje, una corrupción que toleran porque les beneficia. Un ejemplo inmediato fue el escándalo del fin de semana: el desalojo en Tlalpan que sacó a la luz la existencia de redes de “compañeras” y “compañeros” que destrozan los bosques del sur. Entre otras omisiones estaría su incapacidad para frenar el cerco de violencia que poco a poco rodea a la capital.
En la agenda de prioridades de la sociedad organizada debe estar alentar a la ciudadanía, canalizar su conciencia, reflexión y energía en organizaciones que nutran el capital social; el desazolve de los tapones estructurales a la participación ciudadana; y, en el caso de las organismos establecidos en la capital, el dedicar tiempo al DF, donde es posible una alianza virtuosa entre vecinos, activistas, periodistas, académicos y políticos de diferente signo que logre el predominio del capital social positivo sobre el negativo.
SAN SALVADOR.— ¿Qué llevó al diario digital salvadoreño elfaro.net a incluir en el Foro Centroamericano de Periodismo 2013 —donde celebró sus 15 años de vida— la mesa «El futuro del periodismo»? Que el periodismo profesional, como lo hemos conocido, continúa en proceso de dilución, de modo que se deslavó hasta el antiguo mantra de que los periodistas sobreviviremos mientras sigamos «contando historias».
He documentado tal proceso en libros como Diarismo. Cultura e industrial del periodismo impreso en México y el mundo [Editorial e, 2005], aparte de que he intentado debatir acerca de él en charlas y talleres, encontrando suspicacia, incredulidad, burla, enojo o miedo: en la era posindustrial, los periodistas, igual que las empresas de noticia, nos hemos revelado como seres de mentalidad dinosáurica.
Dicha mesa tuvo lugar el miércoles [mayo 15, 2013], en el Museo de Arte de esta intensa ciudad ondulante, y nos congregó unas seis horas a 40 periodistas de diez países, de diversas generaciones y especialidades —reporteros, fotorreporteros, editores, directores, emprendedores de nuevos medios, activistas y académicos.
Se dijo tanto con palabras, miradas y actitudes. Se mostraron tantas experiencias esperanzadoras aunque no siempre sostenibles. Se expresaron tantas dudas, temores y súbitas frases de derrota u optimismo, que en algún momento le susurré a un colega que bien podría ser aquella una sesión de Alcohólicos Anónimos o Pare de Sufrir.
Al final me quedaron diez páginas de notas en Word, donde recogí parte de lo esencial o quizás apenas el compendio de mis incertidumbres, que enseguida comparto, asumiendo que estas ideas fueron de construcción colectiva —bajo la conducción de Rosental Calmon Alves—, entremezcladas con mis reflexiones.
1. La era posindustrial ha significado más que un cambio tecnológico; la informatización de la vida cotidiana y las relaciones sociales, a través de dispositivos móviles, ha producido una diversificación masiva de las fuentes de información, de tal alcance que hoy podemos estar interconectados aun al practicar los hábitos más animales, como comer, ejercitarnos, ir al baño, reposar o dormir.
2. Esa diversificación de las fuentes de información ha producido que el orden mediático industrial monopólico se resquebraje, pues además la producción y oferta de contenidos periodísticos se ha descentralizado —lo cual explica la emergencia y permanencia de elfaro.net, diario digital de prestigio global, que con todas las dificultades financieras y políticas subsiste desde este «paisito», algo impensable hace todavía dos décadas.
3. Siendo buena noticia, esa diversificación y descentralización de las fuentes de información tiene sus bemoles. Cierto, la mayoría de los medios «establecidos» boquean, incluido The New York Times, que fue el más influyente a nivel global. Pero han surgido en cambio plataformas como Google, muy ágiles y mucho menos aparatosas y costosas, pero también monopólicas y colonizadoras, que además están absorbiendo cantidades crecientes de publicidad, produciendo un desequilibrio en el ecosistema mediático, dejando a la mayoría de los medios a través del mundo en una sequía financiera.
4. Conforme se deteriora la decrépita industria noticiosa clásica, proveniente del siglo XIX, van naciendo al mismo ritmo experiencias comunicacionales ciudadanas de corte social o privado, enfocadas en producir periodismo investigativo y aprovechar para su labor informativa la Web, sus redes sociales y sus recursos multimedia e interactivos 2.0, en gran medida financiadas por «la cooperación internacional» —destacadamente, Open Society Foundations, pero asimismo agencias de cooperación y fundaciones de España, Canadá, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania u Holanda.
5. Esa buena noticia, empero, es eclipsada porque, más allá de los fondos finitos de la «cooperación internacional», dinero en los países y comunidades específicas hay muy poco, de manera que esas experiencias ciudadanas de periodismo viven en constante zozobra y las hay que comprometen valores éticos tradicionales para sobrevivir.
6. Algunas de estas experiencias ciudadanas han logrado subsistir —y no mucho más— combinando el periodismo con la investigación académica, servicios de capacitación y profesionalización, publicaciones y consultorías.
7. Volviendo, entonces, al «futuro del periodismo», lo dicho permite concluir que el periodismo, en particular el investigativo, es más indispensable que nunca —por su fuerza reveladora y porque los corporativos multimediáticos lo producen cada vez menos— y las comunidades debemos patrocinarlo, financiando las experiencias ciudadanas de periodismo citadas. Necesitamos información para ejercer mejor nuestros derechos, y dichas experiencias pueden dárnosla, si las mantenemos vivas y sanas. Ahí hay un potencial de futuro promisorio para el periodismo y quienes lo ejercemos.
El crujir de la puerta, el olor a encerrado, la casa intacta. Leticia Hidalgo dejó este lugar hace dos años y medio. Camina lentamente observando muebles, adornos, el patio, la cocina, los pasillos y confirma que todo sigue igual, aunque reconoce que ahora su antiguo hogar es lúgubre y triste.
Desde el 11 de enero de 2011 su vida quedó suspendida en este lugar. Y no quiso volver a vivir aquí. Sube las escaleras y la primera puerta es la habitación vacía de su hijo.
Entra a la recámara, la cama está tendida, con tres globos de corazón por el último cumpleaños celebrado. Abre el armario y observa su ropa. Sus camisas de vestir, las camisetas que más le gustaban, los pantalones aún con etiqueta que no pudo estrenar, el montón de tenis. Allí está su librero, sus fotos, las libretas del curso escolar de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, las cajas de los regalos que recibió en Navidad y los recuerdos de su querido equipo de futbol: los Tigres.
El duelo pendiente, la sensación de desahucio. Esta habitación es su último reducto de intimidad con el hijo. Los fantasmas pululan por las paredes. El eslabón perdido, la pieza que falta, el suplicio eterno de la incertidumbre. No puede hablar, solloza: No he querido mover nada. Todo sigue igual porque estamos esperando que llegue mi niño, mi flaco de oro. Quiero que vea que todo sigue igual. Es su ropa, son sus cosas, dice queriendo asir cada objeto del hijo ausente.
Aquella noche aciaga, un comando de 12 hombres encapuchados, con uniforme de la policía de Escobedo y armas largas, entró a su casa a robar todo lo que encontraron.
“Era la una de la mañana. Roy, de 18 años, estaba en su cuarto dormido. Unas horas antes le había dado el dinero para su inscripción, porque empezaba el cuarto semestre de la carrera. Empezamos a oír ruidos muy fuertes y pensamos que eran balazos. Él me gritó: mamá, llama a la policía, están queriendo entrar a la casa. Yo me quedé inmóvil. No lo podía creer”.
Suspira, el dolor sin tregua no le deja hablar. Respira profundo, sigue: De pronto los vi en la puerta de mi habitación, eran como 12 y me gritaban que me hincara. Pero yo me les quedaba viendo, reaccioné cuando empezaron a golpear a mis hijos Roy y Ricardo. Se empezaron a distribuir por toda la casa, se robaron todo lo que quisieron: ropa, zapatos, televisores, computadoras, las pocas joyas, perfumes, dinero, saquearon las habitaciones, eran como pirañas, como animales.
Pasaron unos minutos y apareció un hombre alto y corpulento: “Son unosmorros, jefe”, le dijo uno que estiró el cabello de ambos muchachos hacia atrás para mostrar sus rostros al líder.
“Yo le pregunté que por qué nos estaban haciendo eso y me contestó: ‘Venimos de parte del gobierno para limpiar las calles. ¡Saquen la droga!’... Yo le dije: Están equivocados. Mis hijos y yo no tenemos nada, por qué nos están haciendo esto. ¡Por favor!...”
En ese momento voltean la cama y le piden a Leticia y a su hijo Ricardo, de 16 años, que se metan. “Yo pensé que ya nos iban a matar. Abracé a mi hijo y empecé a rezar. Y luego oímos que decían: ‘Vámonos, vámonos’ y escuchamos los pasos de todos saliendo de casa. Nos incorporamos y pensé ya pasó todo, gracias a Dios... Pero me di cuenta que me faltaba mi otro hijo y grité: Roy, Roy, Roy... pensaba que al bajar las escaleras lo iba a ver en el suelo, pensé que me lo habían matado, pero no, en ese momento me di cuenta que se lo habían llevado”.
Al día siguiente recibió una llamada de un hombre que pedía un rescate de 750 mil pesos, una cantidad imposible de pagar. Madre divorciada con un modesto sueldo de maestra, buscó a familiares y amigos para pedirles prestado y consiguió reunir 100 mil pesos.
“Cada vez que me llamaban me amenazaban de muerte, me decían que me iban a entregar la cabeza de mi hijo si no pagaba. Me pasaban a un hombre que no era mi hijo, hasta que finalmente a los dos días pedí hablar con mi hijo y gritaron: ‘¿Quién de ustedes es Roy, ojetes?’ Escuché la voz de mi hijo a lo lejos que decía ‘yo’. Aquello era como un salón con mucha gente, donde seguramente tenían a los secuestrados. Sólo alcanzó a decirme: ‘Mamá soy yo, te quiero mucho’”.
Leticia siguió las indicaciones y entregó el rescate en una iglesia: “Hacía mucho frío y llovía. Estuve 15 minutos afuera de la iglesia, hasta que llegó una camioneta y un señor abrió la puerta y me dice: No se preocupe señora, estamos en las mismas condiciones. Aparentemente era una víctima que iba recolectando dinero para los secuestradores”
El trato era que entregarían a Roy en unas horas, pero el joven estudiante nunca más volvió: Yo tenía ropa preparada, porque se lo llevaron en pantalón corto y playera, llevaba un suéter para que no tuviera frío, pero ya nunca más volvieron a llamar. Ni contestaron mis llamadas.
Vivir muriendo
Leticia Hidalgo prepara su equipaje. Viaja con un grupo de madres en sus mismas condiciones. Se dirigen al Distrito Federal, donde van a participar en la segunda marcha nacional de Madres buscando a sus hijos y justicia. Viajan toda la noche en autobús.
En su peregrinar por justicia encontró a otras como ella. Todas van llegando al Monumento a la Madre. Se abrazan, llevan flores, las fotos de sus desaparecidos pegadas al pecho, usan camisetas blancas con la leyenda: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
Hace un año y medio transformó su desesperación en activismo social y fundó, junto a otras madres, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos de Nuevo León. Desde entonces no ha dejado de luchar por la reivindicación de la justicia: Cada vez que marcho, Roy está presente. Es la manera que mi niño se hace presente. Anda conmigo.
Cinco sujetos fueron detenidos por el secuestro de Roy, algunos de ellos agentes de las policías de Escobedo y San Nicolás de los Garza, pero ninguno ha dicho dónde está Roy. Ahora camina del brazo junto a otras madres y cruzan Paseo de la Reforma rumbo al Ángel, sonríe, llora de emoción, grita y acompaña a las mamás en el plantón frente a la Procuraduría General de la República: Sé lo que sienten, sé lo que han sufrido, sé cómo las han tratado, porque así me han tratado a mí; enfrentan la indiferencia, la corrupción, la omisión de las autoridades.
Vuelve a revivir todo. Recuerda cómo se convirtió en detective y descubrió muchas más cosas que los agentes del Ministerio Público. Incluso se atrevió, junto a otras madres, a hablar con un zeta, ex policía y desertor: Nos dijo que en Tamaulipas hay campos donde tienen a muchísimos hombres y mujeres forzados a trabajar. He avanzado más con mis investigaciones. Por eso estoy pidiendo un careo con los encarcelados para preguntarles dónde está mi hijo. No quiero otra cosa.
Va vestida de blanco, lleva tenis, sonríe: Aquí estamos todas con el mismo dolor. Lo que yo he vivido es lo mismo que han vivido tantísimas de ellas. Y vamos a seguir buscando hasta encontrar a todos los desaparecidos de México. ¿Cómo podemos descansar?, ¿cómo dejar de buscarlos? Es una lucha de las mujeres, de las mamás. Y cada vez somos más.
Leticia regresa a Monterrey. Abre la puerta de su casa clausurada por el dolor. Quiere reconstruir la historia de Roy a través de sus fotos. Toma el álbum y va contando su historia desde que nació. La melancolía, el ejercicio desgarrador de reconstruir el pasado: “Aquí está recién nacido, cuando cumplió un año, nadando, jugando a la pelota, estudiando, hermoso con su barba partida, flaco, flaco mi niño…”
Seguido lo sueña de bebé y también de 18 años y le pregunta: ¿Dónde estabas? Lo siente, lo abraza, lo toma de las manos. “Lo más duro es en la noche, cuando tengo que dormirme. No puedo descansar. Siempre estoy hablando con él. Le doy la bendición. No se sale de mi pensamiento. La vida que vivo es de zombie. Nunca estoy al 100 por ciento presente. Siempre lo estoy buscando en la calle. A veces creo que lo veo. Y lo mejor es cuando lo sueño, pero luego despierto y no lo tengo, no está. Lo amamos tanto. Todos creemos que Roy va a regresar y por eso estoy viva. He aprendido a medio vivir. Este dolor es un dolor que mata sin matar.”
La inseguridad se ha vuelto una preocupación central en las sociedades occidentales contemporáneas. De ahí su insistente presencia en los medios de comunicación, en las redes sociales, en las conversaciones cotidianas, en las políticas públicas y en las versiones dominantes del discurso político. A nivel global la guerra contra el terrorismo, declarada en los Estados Unidos por la administración de George W. Bush a raíz de los atentados a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, marcó un hito en este terreno, hasta el punto de darle en el espacio público ese lugar medular a la "preocupación por la inseguridad" -una manera de nombrar un miedo compartido socialmente frente a un peligro tan indefinido como omnipresente. En México ha jugado un papel similar la guerra contra el narcotráfico, declarada al inicio de la administración de Felipe Calderón, en diciembre de 2006.
Ambas “guerras” invocan a la seguridad como su razón de ser –seguridad de sus respectivos territorios nacionales, de la población que en ellos habita, de la “democracia” e incluso del mundo entero- y convocan a un enemigo ubicuo que hay que combatir o mejor aún eliminar. El terrorista o el narcotraficante que pueden estar ocultos en cualquier lugar, tanto entre los propios como entre los extraños, representan un peligro cuya deslocalización es proporcional al miedo que provoca. Ambas estrategias comparten la característica de ser guerras irregulares, es decir, que en ellas no se enfrentan ejércitos convencionales claramente diferenciados, no hay un frente definido y por lo mismo están en todas partes y en ninguna; además conllevan una pérdida de límites entre la guerra y la paz, pues con frecuencia aparecen como un encadenamiento de operativos policiacos.
Lo que Michel Foucault llama la “sociedad de seguridad” va tomando forma a partir del surgimiento del biopoder: "el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia de poder; en otras palabras, cómo, a partir del siglo XVIII, la sociedad, las sociedades occidentales modernas, tomaron en cuenta el hecho biológico fundamental de que el hombre constituye una especie humana"(Michel Foucault. Seguridad, territorio, población. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006. p. 15). El biopoder no solamente va a determinar que las políticas estatales queden organizadas por el concepto de “población”, con el consecuente énfasis en las estadísticas y los cálculos de probabilidades, sino que va a revelar la imposibilidad de distinguir tajantemente entre política y biología, pues el cuerpo humano, como cuerpo viviente, está siempre tomado en un dispositivo de poder y por lo tanto es desde siempre cuerpo biopolítico.
En este terreno surgen los dispositivos de seguridad, articulados a los mecanismos legales (todo el sistema jurídico-penal y sus procedimientos, que establecen las leyes que distinguen entre lo permitido y lo vedado, así como los castigos correspondientes) y a los mecanismos disciplinarios (en el sistema binario del código legal aparece un tercer término: el culpable y con él una serie de técnicas policiales, médicas, psicológicas que vigilan, diagnostican y se proponen transformar a los individuos). La seguridad está referida a acontecimientos probables, hay un cálculo de probabilidades en el que la cuestión fundamental es la economía y la relación económica entre el costo de la delincuencia y el costo de la represión, de tal manera que sea posible fijar límites aceptables para la delincuencia en una sociedad determinada. De esta manera surgen las estadísticas criminales, los índices de peligrosidad de individuos, poblaciones, ciudades, zonas, regiones. La seguridad se ejerce sobre el conjunto de una población, a diferencia de los mecanismos disciplinares que se ejercen sobre los cuerpos de individuos determinados. Así se constituye la "sociedad de seguridad", ligada a la construcción de las ciudades modernas, ciudades sin murallas en donde el problema central es el de una distribución del espacio y el tiempo que permita la circulación de los miasmas, del aire, de los individuos, de las mercancías.
Sin embargo, se puede sostener con Giorgio Agamben que el discurso y los dispositivos de seguridad lo que llevan a cabo es la "gestión del desorden", pues no tienen tanto como finalidad la prevención de la violencia y el desorden público como la intervención y el control a posteriori, lo cual constituye actualmente el ejercicio de gobierno, tanto en política interior como en política exterior. Es así que el conjunto de medidas que se toman para mantener la seguridad socavan la democracia y van en contra de sus principios, con lo cual la democracia deja de ser tal pues su único objetivo es el estado de excepción, del que forma parte fundamental la seguridad. El estado de excepción se convierte así en paradigma de gobierno y necesariamente va acompañado de la formación de ciudadanos a los cuales se les priva de su libertad y sus derechos sin que ni siquiera se den cuenta, pues el miedo compartido le da legitimidad a las medidas de excepción. En nombre de la seguridad el estado de excepción suspende el estado de derecho con el argumento de salvaguardarlo. Un poder soberano que se ubica al margen del derecho y simultáneamente se asume como su fundamento, un poder metajurídico situado en el umbral entre política y derecho, decide suspender el derecho para hacerlo valer a través de medidas de excepción que lo suspenden “temporalmente”.
Por lo demás, esta forma de ejercicio del poder ha dado pie a la reducción de la política a una actividad de gestión gubernamental centrada en la economía: "En la actualidad el poder político ha adoptado una única forma de gobernación de los hombres y de las cosas: la propia de la economía (...) Cuando la política queda reducida a lo gubernamental entra en funcionamiento un proceso por el cual los criterios internos de gubernamentalidad tienden a difuminar las fronteras entre ética, política, derecho y economía. Se piensa entonces que todo es materia de gestión, y en los casos extremos -cada vez más verosímiles por razones ecológicas- en forma de gestión de catástrofes". (Giorgio Agamben. Pensar desde la Izquierda. Mapa del pensamiento crítico para un tiempo en crisis. Errata Naturae editores, Madrid, 2012. p. 33). Si la economía tiene este papel preponderante para la gestión de gobierno, entonces se delinea uno de los objetivos que organizan las políticas de seguridad: la seguridad busca, entre otras cosas, crear las condiciones para que los dueños del capital hagan negocios redituables. La relación económica costo-beneficio ha estado siempre presente en la lógica del discurso y las prácticas de la seguridad.
Cuando la seguridad ocupa el lugar medular que tiene en las sociedades actuales y en las políticas públicas –y el caso de México es paradigmático en este sentido-, para los poderes constituidos no se trata tanto de erradicar el miedo en los habitantes de un país sino de alimentarlo, convocarlo, darle forma, para entonces volver indispensable y legítima una política fundada en la seguridad y su correlato necesario: el estado de excepción, forma extrema de ejercicio del poder al margen de los límites que le puede imponer el derecho. Es por eso que el discurso de la seguridad requiere para su subsistencia de un sujeto habitado por el miedo. Este miedo no necesita estar presente todo el tiempo, basta que tenga una existencia virtual, mostrando su eficacia a la manera de un material invisible que organiza el lazo social, matizando de desconfianza los intercambios con los otros. Es preciso también que miedo y desconfianza aparezcan como naturales, como experiencias normales que han estado ahí desde siempre.
La “gestión del desorden”, como práctica de gobierno, es una manera segura de mantener vigente la inseguridad, que a su vez convierte en potencialmente peligrosas las actividades cotidianas más comunes: salir de casa, ir al trabajo o a la escuela, transitar un camino en el campo, pasear por las calles, divertirse en un bar con la pareja o los amigos. El miedo puede tomar entonces la forma de una molestia difusa, intermitente, apenas perceptible dado que se ha convertido en una compañía habitual, totalmente “normal”, que trae con ella imágenes que como flashazos hacen aparecer acontecimientos terribles ante cualquier situación inesperada. Entonces, el efecto más conspicuo del miedo es una parálisis que consiste en no hacer nada para no correr riesgos. El cuerpo ha quedado tomado por el miedo y sus deseos han quedado suprimidos.
El miedo a perder la vida o que la pierda un ser querido, el miedo a ser secuestrad@, el miedo a ser asaltad@, el miedo a ser “levantad@”… miedos compartidos con otros, miedos que en ocasiones toman consistencia al realizarse lo temido y entonces quien los padece puede recibir una etiqueta psicopatológica para “explicar” su experiencia: síndrome de estrés postraumático, ataques de pánico, depresión, etc. Todas ellas formas de nombrar el sufrimiento subjetivo de un cuerpo tomado por el miedo, pero que hacen aparecer como si fuera una dificultad individual -un síndrome o un trastorno- aquello que está íntimamente anudado en el lazo social.
En este panorama la relación con los otros queda inevitablemente teñida por la desconfianza. La “paranoia” convertida en cualidad deseable para sobrevivir y destacar en el mundo –hace algunos años, Andy Grove, ejecutivo de la firma Intel, sentenció que “solo los paranoicos sobrevivirán”. El modelo resultante de esta forma de "convivencia" es la multitud de solitarios, tal como puede observarse en una de sus manifestaciones privilegiadas en cualquier día festivo en una plaza comercial de cualquier ciudad. El reverso de esta desconfianza repartida democráticamente es el discurso liberal de la “tolerancia”, reconocimiento en negativo de la dificultad de aceptar al otro cuando se muestra como tal, es decir, cuando aparece su alteridad irreductible, su diversidad. Al parecer, la pareja sospechoso-víctima funciona ampliamente como la diada que organiza la relación con el otro en tanto extraño; en la relación especular así instaurada los lugares son fácilmente intercambiables. Entonces el miedo revela ser uno de los rasgos constitutivos de la subjetividad contemporánea. En la “sociedad de seguridad” el miedo es seguro…
En once ciudades del país, cientos de comunicadores protestaron contra los asesinatos y desapariciones que padecen desde hace varios años. La movilización fue simultánea, y una de sus razones fue recordar el primer aniversario del asesinato de Regina Martínez, corresponsal de la revista Proceso en Veracruz, al sureste del país, y considerado por la organización Reporteros Sin Fronteras como el estado mexicano más peligroso para el ejercicio periodístico. La Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) ha documentado el asesinato de 81 periodistas desde 2000.
El caso más reciente ocurrió el pasado 24 de abril, cuando el fotógrafo Daniel Martínez Bazaldúa, del diario Vanguardia de Coahuila fue encontrado muerto. Su cuerpo estaba mutilado. Es una violencia a la que los periodistas se resisten a acostumbrarse, aseguró el escritor Juan Villoro. "Quienes escribimos no podemos ser rehenes de nuestro miedo", dijo al participar en una marcha en Xalapa, capital de Veracruz. "Los periodistas son víctimas y deben ser señalados los culpables, todo asesinato responde a una razón, a una causa. Los periodistas han sido asesinados por tocar intereses, hay que buscar los intereses de los que han sido afectados".
Violencia incesante
Una de las consecuencias de la guerra que el expresidente Felipe Calderón declaró contra el narcotráfico fue una escalada de violencia contra los periodistas, especialmente en zonas controladas por carteles de la droga, según han documentado organizaciones como el Centro de Protección a Periodistas. Pero las agresiones no cesaron cuando Calderón abandonó el gobierno. En lo que va de 2013 han sido asesinados tres periodistas y uno más está desaparecido. Jorge Carrasco, de la revista Proceso, está oculto después que se conocieron amenazas contra su vida, según la organización Reporteros sin Fronteras. Carrasco investigaba el asesinato de su compañera, Regina Martínez, y había publicado reportajes que cuestionaron las pesquisas del gobierno de Veracruz sobre el caso. A principios de abril, Proceso denunció que había una operación de funcionarios y exfuncionarios veracruzanos para agredir a Jorge Carrasco. Las autoridades estatales rechazaron la acusación. Al mismo tiempo han ocurrido ataques armados a varios medios de comunicación, como los diarios Mural de Guadalajara y El Siglo de Torreón, en Coahuila. Hasta ahora no se han encontrado a los responsables de estos ataques.
"Los Queremos Vivos".
En este ambiente surgió la convocatoria a las protestas de comunicadores, que se llamó Un día por el Periodismo. Jornada en Defensa por la Libertad de Expresión. La idea surgió en la Red de Periodistas de a Pie, y después se sumaron otras 24 organizaciones de comunicadores y de derechos humanos. Es la segunda movilización similar de los últimos años en México. La primera fue en agosto de 2010 cuando la Red y otros grupos convocaron una marcha en Ciudad de México. La movilización se llamó "Los Queremos Vivos". Esa vez el motivo fue el secuestro de un grupo de periodistas en Durango, en el norte de México por una banda aparentemente vinculada al Cartel de Sinaloa. La Policía Federal dijo que había logrado rescatarlos, pero esa versión fue cuestionada por algunas víctimas. De hecho, uno los camarógrafos liberados en esa operación, Alejandro Hernández Pacheco, huyó del país y recientemente obtuvo asilo político en Estados Unidos. Por eso la convocatoria a esta movilización de comunicadores, explica Marcela Turati, fundadora de la Red de Periodistas de a Pie."Queremos que los periodistas hagan su trabajo con todas las garantías y seguridad que el Estado pueda otorgar", señaló.
Alberto Nájar. BBC Mundo, Ciudad de México
Crónica gráfica de la jornada de periodistas el 8 de abril 2013