“Tengo que contarles mi historia”, dijo don Adán y caminó a paso lento desde su lugar, junto a Nacho del Valle, hasta el presidum, pese a que la moderadora le decía que no había tiempo. El avanzó.
“Quiero contarles mi historia de ese 4 de mayo”, insistió.
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Desde su lugar Italia Méndez lo escuchaba. Minutos antes había compartido con el auditorio cómo estos últimos cinco años se sacudieron el estigma de “las violadas de Atenco”, “a las que les robaron su dignidad”.
Desde el día de las agresiones, ese 3 y 4 de mayo del 2006 en San Salvador Atenco, trató de entender que ese dolor no era sólo de ella, sino de su familia, su pareja, el colectivo, La Otra Campaña. La cárcel se volvió un espacio de reflexión con las otras compañeras.
“Fue un proceso de darnos primeros auxilios, de curarnos las heridas entre todas las compañeras. Que ser compañera no siempre es ser amiga y debíamos trabajar con eso. A veces una decía que quería rezar y rezábamos todas, pero luego hacíamos Asamblea”, recordó.
En el proceso pasaron del miedo, a la culpa y al reproche a los compañeros que “no las defendieron”. Entendieron la lógica de cómo el abuso sexual que sufrieron fue parte de una estrategia de “guerra” contra la movilización social.
“¿Qué hacer más allá del dolor y del testimonio? Comenzamos a dar talleres a la banda por el País, a aprender a cerrarle las puertas al Estado, generar estrategias para que las estrategias del gobierno ya no les funcione, porque siguen usando el cuerpo de las mujeres como campo de guerra”.
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El foro fue organizado por la UNAM para conmemorar el Día Internacional de Eliminación de la Violencia contra la Mujer, el pasado 25 de noviembre, y la atracción del caso por parte de la Comisión Interamericana.
Vale la pena revisar la versión que el Estado de México, entonces encabezado por Enrique Peña Nieto, dio al organismo para pedirle que no lo atrajera. Para lograr que se pudriera en los laberintos jurídicos y pactos políticos de la entidad.
En el documento la versión oficial dice:
Que no se han agotado las instancias nacionales de justicia y la indagatoria se encuentra abierta. Incluso, acusa en su argumentación que las víctimas no han colaborado en los procesos jurídicos.
Que se iniciaron investigaciones, que se realizaron 350 diligencias, pero "la complejidad del asunto" ha retrasado el proceso penal.
Que las mujeres no interpusieron recursos de amparo ni de revision y que no siempre colaboraron en el proceso judicial, pues no quisieron someterse al Protocolo de Estambul.
Que las procuradurías General de la República y del Estado de México ya investigaron los casos.
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Pero su versión estuvo llena de omisiones y falsedades. En efecto la PGR inició investigación a través de la Fiscalía Especial de Violencia contra las Mujeres, pero envió el expediente a la Procuraduría del Estado de México porque los implicados eran funcionarios estatales, pese a que hubo agresiones cometidas hacia mujeres, como abusos sexuales al menos a 26 de las 47 detenidas.
Además, la Procuraduría local determinó "reserva de la investigación" en dos ocasiones, debido a la "falta de elementos para determinar responsabilidad penal". En el 2010 se ordenó su reactivación sólo para absolver a un policía estatal acusado de "actos libidinosos", eufemismo con que se nombra al abuso sexual en el código penal del Estado. Absueltos fueron también funcionarios estatales acusados de abuso de autoridad.
En su informe el gobierno mexiquense omitió los homicidios de los jóvenes Alexis Benhumea y Javier Cortés, quienes murieron durante los enfrentamientos con la policía federal y estatal, por agresiones de las fuerzas armadas.
En su reporte de daños sólo mencionó 11 policías municipales y 6 civiles heridos, y 207 ciudadanos detenidos.
Sobre la acusación de imparcialidad en las investigaciones, el gobierno respondió que se trata de dichos en los medios de comunicación.
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Edith Rosales celebró que el organismo internacional atrajera el caso, pero sabe que de la justicia no llegará de ahí, apenas será una forma de insistir, de no olvidar, de motivar mayor organización social como respuesta a la represión.
La mujer aún recuerda cuando Enrique Peña Nieto, entonces gobernador del Estado de México, le llamó a ella y a sus compañeras mentirosas, al declarar a la prensa que el “manualito” de la protesta social les ordenaba decir que habían sido violadas por los policías.
“La estrategia del gobierno era destruirnos dentro y acabarnos para acabar con el movimiento, generando miedo y desmovilización. Es cierto que logró que fluyera el miedo hasta el último rincón de nuestro cuerpo pero a la vez todo ese miedo se volvió coraje, el motor para seguir adelante”.
Edith llegó a la cárcel después de que fue agredida sexualmente. Con el cuerpo sucio, golpeado, “apestando” a sangre. Llegó pensando que era su último momento. Ahí estuvo 22 meses presa y de aquellos días recuerda las serenatas que hasta con violines tocaban solidarios los compañeros desde el otro lado de la barda.
“El gobierno está acostumbrado a reprimir los movimientos y criminalizarlos ante la opinión pública, pero nunca se imaginó la solidaridad que generó”.
Ella misma, cuando fue librada, se mantuvo el plantón dos años más hasta que salió el último compañero de Atenco preso.
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De vuelta al foro. Don Adán llegó al podium y tomó el micrófono. Saludó a las mujeres y con la voz entrecortada comenzó a contar su 4 de mayo del 2006.
Esa mañana él regresaba de las nopaleras, a dónde había ido a trabajar. Cuando caminaba hacia Atenco vio el tráfico, las patrullas, se unió a la marcha.
En alguna esquina alcanzó a ver cómo varios policías maltrataban, ultrajaban a una de sus compañeras. Y se quedó ahí. Mirando, sin intervenir.
Cuando terminó su relato miró a los ojos de Italia y Edith.
“Perdóname, me siento cobarde, fue el mayor dolor que tuve, no las defendí”, les dijo. Se limpió las lágrimas y levantó el machete en alto.
“La tierra no se vende, se ama y se defiende. Gracias compañeras por sostenernos en la lucha”, gritó.
Y en un pequeño gesto volvió a mirarlas. “Gracias, mujeres hermosas”.
