Tú y yo coincidimos en la noche terrible

MIGUEL ÁNGEL VILLAGÓMEZ VALLE

Miguel Ángel y el resonar de la ausencia

  

Te identificaron fácilmente porque los asesinos dejaron entre tu ropa el gafete del periódico que decía tu nombre. Estabas ahí, bocabajo, solo, en un paraje a la orilla de una carretera desahuciada, maltratada. Rasgada por el tiempo.

Siete horas antes, tus captores te interceptaron en las calles de Lázaro Cárdenas, en Michoacán. Te acorralaron como lo hacen los cobardes: en la oscuridad. Tomaron la carretera que lleva a Zihuatanejo y a un kilómetro del entronque del municipio de la Unión, ya en el estado de Guerrero, te dieron seis balazos en la parte baja de la espalda y uno más en la nuca. Sólo quedaron los casquillos percutidos como testigos inertes de la saña.

Los policías que te hallaron la mañana del 10 de octubre de 2008, trasladaron tu cuerpo al Servicio Médico Forense de Zihuatanejo, Guerrero. Hasta ahí, llegó la figura cansada de tu esposa a reclamar tus restos.

La mañana siguiente te llevaron a La noticia de Michoacán, ese periódico ubicado en el centro de Lázaro Cárdenas que tú fundaste el 12 de octubre del 2004. Las instalaciones no alcanzaron para tantos lamentos, para tantos recuerdos.

Ahí, en el área de la imprenta, entre máquinas y flores, colocaron tu féretro. Frente a él, tu esposa Irania Ibeth Leyva Faustino y tus tres pequeños hijos te rezaron, te bendijeron. Hablaron de ti con esa dignidad que no cabe en el pecho.

Al final, tus compañeros del área de prensa encendieron los motores de las máquinas que operaste durante cuatro años y éstas resonaron para ti por última vez.

Todos lloraron, a su modo: con lamentos, en murmullos, en gemidos, con esa añoranza que se escurre entre los párpados.

En los días siguientes en la sala de redacción la incertidumbre se alimentaba del miedo. Tu amigo Francisco Rivera Cruz asumió la dirección del periódico y luego convenció a Irania Ibeth -que hasta entonces se había dedicado al hogar- para que tomara este puesto. Esos días no se publicó información relacionada a hechos delictivos ni de las incipientes investigaciones sobre tu muerte.

En septiembre del año pasado tu esposa ya no pudo más y traspasó el periódico. Hasta el día de hoy no ha querido hablar del tema.

La averiguación previa de tu caso la inició la Agencia del Ministerio Público de la Unión, Guerrero. Lo único -lo poco- que han informado es que citaron a varias personas a declarar y con base en ello hicieron retratos hablados de un individuo que se presentó días antes de tu asesinato en el periódico a solicitar un anuncio para la venta de un auto.

Tus compañeros creen que la información que publicaron sobre las granadas lanzadas en Morelia el 15 de septiembre de ese año y su posterior cobertura -dándole voz a personas señaladas como presuntos culpables- molestó a alguien. A quién, nadie sabe y muchos no quieren saberlo.

Desde entonces han pasado cuatro años, y tus amigos me cuentan tu historia entre lamentaciones mezcladas con añoranzas.

Me dijeron que naciste en Guerrero, pero te criaste en las calles porteñas de Lázaro Cárdenas. Que desde los 18 años comenzaste en este oficio como operador de máquinas impresoras. Que podías pasar todo el día metido en los talleres, desarmando aparatos, ensamblando engranes o imprimiendo papel.

Que trabajaste en la imprenta de varios diarios hasta que en 2004 te planteaste emprender tu propio periódico. Para eso, conseguiste un crédito, compraste máquinas e instalaste tu propio taller.

Francisco me cuenta que a él le encargaste armar el equipo de reporteros. El proyecto arrancó y en un año el tiraje llegó a los 2 mil 500 ejemplares diarios, algo incomparable con los algunos otros medios de la zona que distribuían apenas 200 periódicos.

Además incluyeron secciones que los medios de la localidad no manejaban: cultura, salud, educación y nota de color. Había un espacio plural de opinión y pronto dieron un paso más: imprimirle color a sus páginas.

Al final del día, a tu amigo Francisco lo único que lo conforta es pensar que estos logros no te los quita nadie. Ni siquiera el cobarde que en la oscuridad de la noche te arrancó la vida, dejando tu cuerpo en un paraje a la orilla de una carretera desahuciada, maltratada. Rasgada por el tiempo.

 

Información adicional

  • Autor/a: Zorayda Gallegos
  • Bio autor/a: Reportera sonorense. Actualmente escribe para la revista Emeequis.

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