Tú y yo coincidimos en la noche terrible

Un TUITERO colgado en un puente de Nuevo Laredo

Alguien que ya no más (La totalidad de las cosas)

 

Una de las peores cosas de no existir es que no participas de las discusiones de moda, de fútbol o política. No te piden opinión sobre presidentes; no cuentas tu visita a los neo-pogromos chinos.

El problema de no existir, digo yo, que de esto sé algo, es no poder ser.

Y si es por ser, yo soy un ser imaginario, y no estoy muy claro si eso es ser algo. Más bien, diría, se siente como que uno no es sino una idea.

Y, en mi caso, una idea con sueños de ideas de sueños pues sucede que, así y todo, intangible e inestable, soy una idea con pretensiones.

Deseo ser y hacer todo.

Deseo decirle al mundo que me gustaría conocer la estatua de la Madre Patria en Kiev y todo Addis Abbaba.

Que toda la vida quise ser el motor de un Corvette.

Pies descalzos, un día de lluvia.

Un All Black o Isadora Duncan.

Si alguien me preguntase -pregunten- diría que habría querido tocar el corno francés, ser un pie abrazado por el cuero de un Berluti Alessandro o el verificador de la leyenda de los quinientos leones que custodian el tesoro de tres mil años de Semerkhet en el cuerno de rinoceronte de Somalia.

Así de vaporoso, todavía busco protagonizar o, cuanto menos, encarnar algo. Ser, por ejemplo, el corazón de un montañista español al coronar un K-9. Las manos de Rachmaninov. La pluma de Rainer Maria Rilke, un latón de pintura de Pollock. Una burbuja suspendida en aire cálido. El aire cálido. La yema de los dedos sobre una piel expectante. El primer protón -o el penúltimo.

Así, esencial, uno es la totalidad de las cosas. O sea, un campo finito (o infinito) desconocido.

Yo pasé por la vida como una idea que olvidaron de inmediato. Un buen día me fui o me sacaron o me pronunciaron y ya ni recuerdo quedó de qué era.

Pude haber sido el amor, el plano de un puente sobre el río Napo, la rácana indiferencia, el instante que precede a la vida o a la muerte, que es el mismo. Quizás estuve en el cerebro de un delfín o no fui más que la quilla de un barco encallado.

Tal vez fui una persona: alguien que ya no más.

El problema de quienes fuimos (o somos) una idea no es a quién contarlo. Es el instante previo: es saber que el asunto no es ser, sino ser nada.

El asunto de ustedes, los mortales, digo yo, no es andar vivos por la calle. Es la memoria. Nos pierden y se pasan la vida buscándonos. Nosotros somos lo que queda: una especie de deseo, un hueco al alma, una buena memoria, alguna voluntad, otro paso.

Mis respetos y envidia por eso. Yo puedo ser agua y quiero ser humo y hasta mi gato podría recrearme. Tengo mis libertades absolutas. En cambio, no sé a qué huelen los árboles de los jardines de Sabatini, las chimeneas de Campana, la humedad, el aliento de un beso. Me contaron que el Paraná huele a surubí, pero aquí estoy: no soy el río, un olfato ni el pez.

Para mí, Hierve el Agua y pacú suenan tan bien como Kenzo, foie gras, Bahá’u’lláh, matambre al roquefort, un chingo de lana, buena suerte.

 

Información adicional

  • Autor/a: Diego Fonseca
  • Bio autor/a: Editor asociado, Etiqueta Negra. Coeditor de la antología Sam no es mi tío. Profesor visitante, FLACSO Ecuador.

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