NUESTRA APARENTE RENDICION

Polígonos de paz

Gracias por arroparme con solidaridad y buena vibra

Si el presidente Enrique Peña Nieto hizo una saludable, aunque tardía, autocrítica en el tema de la corrupción, hay que pedirle una revisión similar de su estrategia bélica.

El militar de alto rango me soltó el reproche: “entiendo que critiquen la estrategia de seguridad pero también propongan soluciones”. El comentario me confirmaba lo escuchado en el mundo de la seguridad: la conducción de la guerra tiene limitaciones; no está funcionando. Urge que las políticas públicas se oxigenen y consideren nuevos enfoques. Uno de ellos son los “polígonos de paz”.

En 1970 el Congreso de los Estados Unidos aprobó las Leyes RICO. Uno de sus objetivos principales era encarcelar a los grandes capos para fragmentar a las familias mafiosas y transformar un problema de seguridad nacional en uno de seguridad pública. En los Estados Unidos funcionó razonablemente bien la política y la fragmentación se hizo dogma impuesto a, y asumido por los países de América Latina afectados por la violencia criminal. En Colombia descabezaron a los carteles de Medellín y Cali y algo parecido ha estado sucediendo en México.

Enrique Peña Nieto emuló a su antecesor y toma como indicador de éxito la detención o eliminación de los líderes delincuenciales. El 20 de abril de 2015 el actual presidente presumía que se habían “detenido, o en algunos casos abatido, a 93 de los 122 delincuentes más peligrosos del país”. El 12 de julio de este año había añadido a otros siete a la cuenta porque aseguró que “se han neutralizado a 100 de los 122 […] delincuentes de mayor peligrosidad”. Con este criterio nuestro problema de seguridad desaparecerá cuando termine su sexenio. Es evidente que ello no sucederá.

El problema con este enfoque es que se desentiende de las consecuencias de la fragmentación. En Colombia y México el resquebrajamiento de los carteles ha llevado a la multiplicación de las bandas. En un oficio del 10 de septiembre de 2014 la Procuraduría General de la República reconoce que las nueve grandes organizaciones derivaron en 45. El desgajamiento ha seguido y según una fuente confiable en Tamaulipas el Cartel del Golfo y los Zetas se han convertido en 23 grupos de diferente tamaño pero con altos niveles de agresividad.

Hacia los “cartelitos” no hay política. En realidad falta una estrategia integral y multidimensional que incorpore lo internacional. Una línea de trabajo podría ser la creación de “polígonos de paz”. Utilizo ese término para recordar una innovación en la estrategia peñanietista. En los inicios de este sexenio la Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana de la Secretaría de Gobernación identificó “polígonos de intervención” por todo el país. El primer titular de esa dependencia, Roberto Campa, los definió como prioritarios por su “alto nivel de delincuencia y vulnerabilidad”. El trabajo de prevención tuvo resultados desiguales porque en algunos municipios las condiciones eran adversas. Eso me lleva a una digresión académica.

Una corriente de pensamiento es el de las “geografías de paz” (Nick Megoran y Fiona McConnell, The Geographies of Peace: New Approaches to Boundaries, Diplomacy and Conflict Resolution, 2014). Entre sus innovaciones está el incluir a la geografía en las disciplinas con las cuales se estudia tradicionalmente la guerra y la paz. Es decir, hay zonas más propicias que otras para construir “islotes” de paz que contengan la violencia criminal. Es el caso con Jalisco y Chihuahua que son territorios propicios para la experimentación de este tipo.

En Jalisco la corriente de Movimiento Ciudadano encabezada por Enrique Alfaro y Clemente Castañeda obtuvo una sonada victoria electoral en 2015. En este momento gobierna a 62% de la población y tiene mayoría en el congreso. Hace unas semanas Javier Corral triunfó en Chihuahua y en octubre próximo se convertirá en el gobernador y su partido, el PAN, está cerca de la mayoría simple en el congreso local. En esos territorios gobiernan fuerzas más dispuestas a considerar lo nuevo.

En la última década se ha puesto el acento en la parte militar y policiaca de la guerra contra el crimen; tiene que complementarse con los “polígonos de paz”, concepto que por su complejidad requiere una mayor discusión. 

 

 

 

Violencia y paz

¿Quién gana y quien pierde en las guerras del narco? ¿Cómo lograr una convergencia de Estado y sociedad en torno a un proyecto común para la construcción de la paz?

Entre el 20 y el 22 de junio, académicos mexicanos y extranjeros, líderes sociales, víctimas, funcionarios y senadores discutimos la situación de la violencia y la paz en diez estados de la República. El evento, coordinado por Froylán Enciso para el Seminario Violencia y Paz de El Colegio de México, fue patrocinado por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, el Instituto Belisario Domínguez del Senado de la República y la Subprocuraduría de Derechos Humanos de la PGR  (programa: violenciaypaz.colmex.mx/images/assets/VPDPM/VPDPM.pdf). Bosquejo tres ángulos.

Una paradoja. El Estado gana la guerra, pero la delincuencia organizada prospera y la sociedad paga las facturas. Las fuerzas federales fragmentan a los carteles al encarcelar o eliminar a los grandes capos pero la violencia no termina; se reduce aquí para reaparecer allá y regresar después al lugar de origen. En esos tránsitos proliferan los minicarteles sedientos de riqueza y poder.

En el encuentro se reconoció la enormidad del gasto estatal dedicado a la prevención de la violencia y la regeneración del tejido social. Hubo consenso sobre los magros resultados atribuibles al desperdicio, la desorganización y la poca continuidad. En suma, el Estado sabe cómo fragmentar carteles pero carece de una estrategia para construir la paz.

La pasividad es un mito. En las entidades revisadas la sociedad resiste. Incluso en entidades tan devastadas como Tamaulipas hay víctimas, líderes cívicos, académicos, religiosos y grupos sociales documentando los saldos de la barbarie y llevando esperanza a la población afectada. Es igualmente constante el interés de ciudadanos e instituciones de otros países; las guerras del narco están internacionalizadas.

Un saldo en contra es la atomización y aislamiento de la resistencia; el centralismo sigue pesando tanto como las distancias geográficas. Como la Ciudad de México ha sido poco afectada por la violencia criminal, evade y pone distancia de la violencia que asola porciones del territorio. Otro problema son las diferencias entre académicos y activistas; se airearon en comidas privadas pero expresan la falta de una cultura de paz común.

El tema más rocoso y complicado fue, es y será la relación entre Estado y sociedad organizada. La evidencia confirma que una fórmula tras el éxito es la colaboración Estado-sociedad. Los obstáculos en México son enormes porque quienes tienen jerarquía y presupuesto ven con desconfianza a los académicos y activistas demasiado independientes que, por su parte, recelan de los funcionarios.

Había preocupación por el tercer día de actividades que organizó el Instituto Belisario Domínguez en el Senado de la República. Para esa jornada, diez líderes sociales (algunos de ellos víctimas) habían sido acompañados por estudiantes (la mayoría de El Colegio de México) que les ayudaron a sistematizar sus experiencias para presentarlas ante los senadores dispuestos a escuchar los testimonios. Los reproches fueron comedidos, las respuestas mesuradas. Faltaron los acuerdos concretos porque se necesita mucho más para demoler las murallas que separan a sociedad y Estado. Es enorme el sendero que debemos recorrer para generar empatía.

El Seminario iluminó las retos que plantean las guerras del narco: 1) debemos mejorar nuestra comprensión de las dinámicas que tiene la violencia criminal y la resistencia social en cada entidad; 2) tenemos que reducir los obstáculos a la comunicación y colaboración entre académicos y activistas; 3) es urgente incorporar mejor la solidaridad internacional y, 4) es indispensable lograr que el Estado arme su estrategia bélica teniendo como prioridad la seguridad ciudadana. Es un error fragmentar carteles olvidándose de las víctimas.

La ruta más promisoria es la formulación de una cultura de paz aceptable para víctimas, activistas, académicos y funcionarios. En las condiciones mexicanas la iniciativa tendrá que venir de la sociedad organizada y en particular de las universidades que, por ahora, son el espacio de convergencia más lógico y natural entre los diversos. No asumirlo abre los resquicios en los cuales prospera el crimen organizado.

 

 

 

Profanar la historia. Relato, símbolo y resistencia

 

"Interpretar el pasado significa de entrada

cuestionar la autoridad del presente dado (...)

Hay un presente posible y un pasado-oculto (...)

El acto de sacar a la luz el sentido oculto del pasado

es un acto redentor".

(Manuel Reyes Mate siguiendo a Walter Benjamin)

 

La inscripción de la palabra “asesino” en el escudo nacional que corona la entrada al edificio de la Procuraduría General de la República, en la ciudad de Guadalajara, rasga la reificación de lo “nacional” y nos da la oportunidad de pensar en los usos de la violencia simbólica frente a la configuración dominante y masificada de los sentidos sociales[i] y permite situar una urgente reflexión en torno a una crítica de la violencia y  sus intenciones en contextos específicos. ¿Qué nos dice el gesto de intervenir un símbolo[ii] pensado para producir “unidad nacional”?, ¿por qué más que ofensivo este gesto puede ser una posibilidad de tomar rutas alternas a las institucionales para crear relatos colectivos diferentes?

La historia es un relato, es decir, un conjunto entramado de situaciones y personajes jerarquizadas en un orden cronológico determinado, enfocados desde ángulos específicos para que quienes lo lean defiendan a unos, amen u odien a otros, y/o de plano desconozcan a tantos más. Lo que en ocasiones diferencia un relato histórico del arte no radica sólo en que en un caso es “ficción” y en la otra no, sino en cómo la lectura del primero tiene la capacidad de producir a su vez lecturas legítimas del pasado y el presente de un lugar. Es decir, un relato histórico tiene peso político, hace que la gente crea en unas cosas y en otras no, y que se asuma como parte del relato y de sus protagonistas; al mismo tiempo que procura y construye privilegios para la clase dominante, bajo la supuesta idea de ser ésta la encargada de defender dichos preceptos históricos. 

La política se monta sobre ese andamiaje de lo que se ve y de lo que se invisibiliza, de lo que es posible decir y los silenciamientos; administra el “reparto de lo sensible” que es en gran medida el sentido común que construye una realidad interpretable, codificable para una colectividad pero no necesariamente configurada desde las multiplicidades divergentes que la posibilitan, sino únicamente desde aquellos autorizados para hablar[iii]. Con esto Rancière distingue política de policía. Donde la primera refiere a la capacidad de articular lo real con un sentido determinado, desafiando lo establecido; policía entonces es la presencia punitiva de la administración del poder, la encargada de vigilar y resguardar el orden dado de las cosas.

Siguiendo a Rancière y a un texto de Fernández Savater, podemos decir que la política literaria es el relato histórico, de identidad nacional, que los Estados-nación han inventado para legitimar el orden social actual, uno que es desigual y que históricamente ha beneficiado sólo a unos pocos, este relato se encostra en el sentido común de la gente (es vigilado y resguardado) por medio de la reiteración, se repite hasta el infinito y deviene pedagogía nacional a través de nombres de calles, fechas en el calendario, estatuas conmemorativas, glorietas, libros escolares, etc. La política de ficción, en cambio, puede ser un relato configurado por aquellas personas que han permanecido en la historia escrita por las clases dominantes como los “sin parte”, aquellos cuyos aportes a la realidad, sus significados cotidianos, luchas pasadas y recientes, no han sido tomadas en cuenta para configurar los límites de lo posible. Aunque claro, este tipo de relatos expresamente “montados” para hacer una lectura particular sobre la historia, no necesariamente es siempre disidente del relato oficial de la historia, incluso pueden aportar más aspectos que legitimen dicha visión de la misma. Evidentemente, nuestra intención es pensar en aquellos relatos que sí cuestionen la lectura oficial de los hechos pasados.

¿Cómo pensar los símbolos patrios desde esta caja de herramientas? Para ello vamos a excavar un poco en el pasado. El escudo nacional actual ha sufrido múltiples cambios a lo largo de los siglos, a veces no ha habido serpiente, otras la serpiente ha sido anguila, a veces el nopal ha tenido más fruta, ha ido acompañado de alguna frase y/o fecha, pero ha mantenido la idea principal, que es la imagen del águila parada sobre el nopal, inspirada a su vez, como todos sabemos gracias a la pedagogía nacional, en un relato mexica. Esta imagen fue elegida desde el siglo XVI, poco después de la conquista, por representantes de la corona española como sello que distinguiera los documentos oficiales de la incipiente ciudad de México, incluso en 1523 fue parte de un escudo otorgado a la ciudad. Es decir, fue elegida por los conquistadores, no por el pueblo ni por los sobrevivientes de Tenochtitlan. Esta imagen que tan poco ha mutado en casi 500 años, es la que los caudillos de la Independencia y los de la Revolución jamás voltearon a cuestionar sino que simplemente “actualizaron” para seguir apelando a la unidad nacional y a nuestras “raíces” desde ella. Esta imagen, que representa un solo relato de una de las tantas civilizaciones prehispánicas existentes en México antes de la llegada de los españoles, es la que seguimos defendiendo como símbolo de unidad incuestionable.

Intervenir el escudo es incidir en la construcción de la realidad, es decir, es un punto de acceso para dejar de pensar nuestro presente y pasado como un relato dado de antemano que sólo prefigura un estado inamovible de la cosas, donde las posibilidades de otras sensibilidades permanecen clausuradas. Es generar extrañeza, en suma: desnaturalizar, y por lo tanto es un gran riesgo porque toca fibras sensibles ligadas a los horizontes simbólicos frente a los cuales hemos aprendido a identificarnos, aunque estas inscripciones, monumentos, placas hablen también del vandalismo de los ganadores, del hurto que han hecho al decir que sólo ellos “autorizan” qué parte de la historia cuenta y qué parte no, de quiénes hay que sentirse orgulloso y de quiénes simplemente no hay que hablar.

Sí, intervenir el escudo es violento, pero no es la misma violencia que ostenta como legítima el poder de los de arriba. No podemos, no deberíamos igualar todos los usos de violencia. Hay violencia abismal, que reprime, mata, que cierra sus oídos para dar cabida a un sistema financiero, consenso implícito neoliberal, frente al cual no hemos sido convocadas, violencia que borra la presencia de la diferencia y que trata por todos los medios de no escuchar al otro. La violencia simbólica invita a contemplar la destrucción a quien no se quiera alinear con la agenda del poder en turno. Y hay violencia creativa que busca romper el sentido establecido de la realidad para imaginar desde otros márgenes diversos modos de estar, de configurarnos, violencia reactiva que estalla con un grito de indignación como respuesta negativa a ser testigo silencioso del exterminio del otro que es un yo posible.

En la marcha del pasado 22 de junio, cuando llegamos a la Procuraduría, se extendieron las pancartas sobre las escaleras de acceso y comenzaron las pintas sobre los muros del edificio y las puertas de cristal: “Oaxaca resiste”, “43”, “JUSTICIA”. Mientras, el resto del contingente llegaba y terminaba de acomodarse sobre la calle 16 de septiembre, bajo un sol que no dio tregua durante todo el recorrido. En un momento, veloz, un chico se subió al marco de la entrada para alcanzar la parte inferior del escudo nacional que corona el ingreso al edificio. Entonces escribió por encima de ese símbolo de la historia, con aerosol rojo, las letras de la palabra ASESINO que se entrometieron en las hojas doradas del nopal, las garras del águila y alcanzó una parte del cuerpo de la serpiente para siempre petrificada en su captura.

Fue en ese momento cuando algunos comenzaron a gritar un rotundo NO ante lo que estaba sucediendo allá arriba entre el chico y el escudo, luego un señor, al otro lado de la calle y desde el fondo de su garganta soltó un: ¡SIN VIOLENCIA! queriendo dar cuenta de que esa pinta era un acto ofensivo. Un gran grupo de la manifestación lo coreó indignado, para luego ir directamente contra el sujeto y llamarlo INFILTRADO[iv], y exigirle que se quitara la capucha y se fuera. El momento fue de tensión, pero pocos instantes después el discurso que cerró la marcha comenzó y la pinta dejó de ser el foco de atención, hasta la mañana siguiente en las portadas de diversos medios locales.

En redes sociales la discusión se ha centrado, por momentos, en criticar el “vandalismo” de los “infiltrados” o “anarquistas”, homologación bastante riesgosa, ya que demerita la supuesta pureza pacífica de las marchas y genera un estigma criminal de la protesta, ante el cual la respuesta represiva se justifica, irónicamente, en nombre de la misma no violencia.

Las marchas, en tanto toma del espacio, permiten mostrar el poder del músculo social, pero también son escenarios de encuentros y desencuentros sumamente relevantes que necesitan toda nuestra atención. Este 22 de junio al caminar nos fuimos encontrando con niños y niñas agarrados de las manos de sus madres, compañeras estudiantes, amigos en bicicleta, colegas que hacía mucho no veíamos, parejas, y otras miradas que no conocemos porque unos y otros venimos de lugares diferentes y distantes de la ciudad, pero así resultó. Fuimos muchas personas y caminamos sin prisa por las calles del centro, como si no tuviéramos tan presente el punto de llegada, o como si no importara tanto que se dilatara[v]. En el tránsito, como suele ocurrir, se gritaron consignas conocidas y también se inventaron otras, muchos reímos con la creatividad espontánea que surge de mirar la calle y mirarnos en ella. Unos chicos le cantaron a un policía de la Secretaría de vialidad “ese del casquito / también gana poquito”. Pero más que una confrontación se trataba de armar un relato, si se quiere fugaz, lúdico, desenfadado, donde nos sabemos todas y todos resistiendo la precariedad desde condiciones diferentes. Como quien apela a lo común sin borrar las diferencias.

Nos dejamos atravesar por el dolor de los once asesinados durante los ataques en Nochixtlán, por la resistencia de la CNTE y el magisterio que no deja de emitir un grito de alarma frente a la Reforma Educativa. La coordinadora señala, acertadamente, que se trata de una medida para vulnerar las condiciones laborales de los profesores a partir de evaluaciones que castigan y señalan al maestro como el elemento principal del deplorable sistema, sin tomar en cuenta el contexto, los presupuestos, los recortes alcurrículo, el abandono de las comunidades rurales y las diversas necesidades de cada plantel. No es una reforma para posibilitar el acceso digno a la educación. Y encima el poder central reprime a quienes señalan la arbitrariedad de las medidas estructurales, censura, estigmatiza y bloquea la posibilidad de diálogo.

En tiempos en los cuales no únicamente los símbolos sino los recursos (naturales y económicos) y la tranquilidad de millones de personas han sido raptados, y en algunos casos destruidos, muchas veces por contubernios institucionales con empresas y con el crimen organizado, vale la pena cuestionar si es necesario seguir confiando en los relatos fundacionales defendidos por una clase política que los utiliza como antídoto para suprimir las tensiones: “somos todos mexicanos, no tenemos por qué luchar entre nosotros”, o si es necesario pensar en otras posibilidades, es decir, ¿en verdad ese relato del pasado es nuestra única posibilidad de estar unidos en estos tiempos?, ¿qué pasaría si en lugar de reivindicar un símbolo inventáramos otros?

La idea de símbolo[vi] remite a una cosa que ha sido dividida en dos partes, cada una de las cuales ha sido arrojada por un lado distinto de la otra, y que al ser unidas de nuevo embonan para formar lo que eran, y al mismo tiempo se convierten, juntas, en “algo más”. El escudo nacional une el pasado con el presente, no sólo da una imagen sobre México, sino que “simboliza” parte de lo que somos. Sin embargo el escudo implica una lectura sesgada  de la época prehispánica, lectura que apela a una noción gloriosa de los pueblos originarios, pero que sólo se concentra en un fragmento de la cosmogonía de un solo pueblo, sin remitir a la violencia y al exterminio ejercidos sobre los silenciados, aquellos que no llegaron al reparto de la existencia política. En eso consiste el poder representativo de un símbolo. Más aún, el escudo en su repetición, difusión, omnipresencia no nos deja ver lo evidente. Los trazos del aerosol dan luz sobre lo no presente.

La violencia del despojo ha generado otros modos de resistencia, autodefensa. En Cherán Michoacán, inventaron la “fogata”. El vocablo Hogar viene del latín fogar, focus que significa fuego, brasero. Casa y fuego se funden en el hogar, el lugar sagrado y central de la puesta en común, del cobijo y el cuidado. En Cherán el fuego se politizó, se hizo práctica social y cultural,  hace 5 años, cuando las mujeres organizaron las fogatas públicas y sacaron el hogar a la calle ante la emergencia de salvar una casa mayor: el bosque sagrado; fuente de vida que estaba siendo saqueado por los talamontes en vinculación con la política policial, el narcotráfico y el mercado global.

En 2011 un gran número de personas siguieron el llamado de alarma de unas mujeres que pusieron freno de mano al tiempo del despojo y la violencia orquestado entre la paralegalidad[vii] y las autoridades. Encendieron sus calles con las fogatas y concertaron la resistencia que los ha llevado al autogobierno y a la práctica de otros modos de vida. Las fogatas son símbolo de una política-otra, un grito de guerra donde el cuidado se hace principio de lucha colectiva contra el aislamiento que produce el miedo que infunden los programas del régimen financiero vigente. Alrededor de la fogata se cocina, se habita la calle, se construyen espacios seguros donde se cuidan a los niños; se discuten y toman decisiones barriales; las viejas y los viejos rememoran al pie de la fogata y son escuchadas sus historias en un tiempo presente, que irrumpe en el continuum de la historicidad lineal del progreso catastrofista en su clave global y neoliberal. La fogata es un alto abrupto que detiene la vorágine caníbal del sistema financiero que engulle cuerpos basurizables, considerados desechables para la producción y la acumulación, en este caso, de bienes y territorios. El hogar-flama ilumina estos cuerpos en resistencia y construye nuevas formas de confianza entre los habitantes.

Las personas de la  comunidad de Cherán, en su irrupción violenta y creativa, nos muestran posibilidades de crear símbolos propios para construir sentido de pertenencia en las personas que habitan un espacio específico, ellas y ellos han estado reinventando su modo de estar juntos en el presente desde un conjunto de relatos y prácticas del pasado. La fogata es un símbolo de afirmación, no impuesto sino apropiado y cuidado por los habitantes. La fogata de Cherán se alumbra desde la práctica de la escucha y el cuidado. Seamos capaces de escuchar estos intentos de reapropiarnos de la historia desde otro ángulo, incluso ahí donde se agitan, y se manchan, discursos que no hemos cuestionado por costumbre, puesto que un símbolo, del presente o del pasado, tiene vigencia en tanto es utilizado por la gente, y carece de sentido en la medida en que se convierte en monumento, es decir, en imagen petrificada, inmóvil, de la historia. Por ello la intervención al escudo nacional es una llamada de atención a la cual debemos acudir con los oídos y la piel abierta.


[i] Y con esto no pretendemos asumir que todo símbolo nacional es recibido y apropiado sin alteraciones por los sujetos sociales, sino que hay siempre una disputa por el sentido y la apropiación. Por esto es que se debe abrir a la discusión de lo político, de lo posible y de los afectos el lugar que ocupan los monumentos, el relato teleológico de la historia desde la crisis actual.

[ii]El pasado miércoles, 22 de junio, se llevó a cabo en el centro de Guadalajara, como ha estado ocurriendo en distintas ciudades después del domingo 19, una marcha para repudiar la violencia contra los maestros de la CNTE en Oaxaca, y para exigirle al gobierno una postura que sea capaz de dialogar y no de reprimir.

[iii]Jacques Rancière en “Le Partage du sensible” (traducido como el reparto o la división de lo sensible) plantea una reflexión sobre la relación entre estética y política donde explora cómo la práctica de configuración simbólica desde el arte, la escritura, la historia construyen, conjuran, cuestionan, dependiendo del contexto situado de producción y difusión, la administración de los referentes comunes. Colocar los discursos de identificación colectiva ha estado condicionado a las relaciones asimétricas de los poderes. En este sentido los conflictos sociales estás siempre sobre el escenario de lo simbólico, porque es en el paisaje simbólico donde todas y todos debatimos nuestros aconteceres.

[iv]El dispositivo de la infiltración ha generado, y justificado, en varias ocasiones el desorbitado ataque represivo de las fuerzas de seguridad contra los manifestantes dando pie a procesos de enjuiciamiento totalmente irregulares. En otras ocasiones las acciones directas de algunos jóvenes han sido criminalizadas como infiltraciones denotando así el fracaso político de la protesta popular. Queda aquí en el tintero invitar a la indagación sobre los usos estratégicos de la violencia en el espacio público y situar las coyunturas para, con ello, evitar reducciones riesgosas para la construcción de otros modos de vida.

[v]Salimos rumbo a la Procuraduría General de la República desde la Plaza de Armas tomando la ruta larga porque la avenida 16 de septiembre está cerrada por los trabajos de la línea 3 del tren ligero. Tuvimos que rodear y lo que era un camino de 10 cuadras se convirtió en un trayecto de 24.

[vi]Mauricio Beuchot, en su texto Hermenéutica, analogía, ícono y símbolo, ayuda a desmenuzar con mayor precisión el griego “symbolon” como función metafórica y como eje de las posibilidades de la idea de mito.

[vii]Rossana Reguillo coloca Violencias y después culturas en reconfiguarción el concepto de para-legalidad para pensar los nuevos modos de violencia en el contexto del colapso de la institucionalidad en el marco de un supuesto Estado de derecho. Reguillo apunta que no están en la ilegalidad, sino que funcionan de maneras paralelas a la legalidad. La paralegalidad tiene como particularidad su “capacidad para instalarse como relato inevitable que interpela no a la comunidad sino a los individuos …”

 

 

 

 

Extradiciones

Es indispensable hacer una evaluación de las extradiciones de capos a los Estados Unidos. Se llevan a cabo mecánicamente, sin reflexión sobre su utilidad y consecuencias.

El pasado 14 de abril The Dallas Morning News publicó una notable investigación periodística de Alfredo Corchado y Kevin Krause (“Deadly Deal”). El texto reconfirma la poca prioridad concedida por Washington a la vida y dignidad de quienes viven en países azotados por el crimen organizado. La información ahí incluída es un llamado a revisar las consecuencias no buscadas de la extradición de narcotraficantes a los Estados Unidos.

En 2003, el gobierno mexicano detuvo a Osiel Cárdenas Guillén, jefe del Cartel del Golfo. Estados Unidos lo quería en su territorio y empezó la negociación entre Washington y los abogados del capo. Hicieron trato: Osiel daría información privilegiada sobre el contrabando de drogas y les entregaría 50 millones de dólares en efectivo y propiedades. En 2009 fue extraditado y, en 2010, sentenciado a 25 años de prisión.  

Corchado y Krause demuestran que el trato desencadenó la sangrienta guerra entre Zetas y Golfo. Los Zetas habían contribuido con 10 de los 50 millones de dólares entregados a los Estados Unidos y cuando supieron que Osiel era informante se lanzaron contra los del Golfo. Según David Shirk, prestigiado investigador de la Universidad de San Diego, ése fue el “inicio de las guerras de los cárteles que llevaron la violencia a un nivel increíble”.

Las extradiciones forman parte de la gran estrategia estadounidense para combatir al crimen organizado. En las famosas leyes RICO (aprobadas en 1970) queda claro que la prioridad es fragmentar a la mafia deteniendo o eliminando a sus líderes. Cuando exportaron el esquema a Colombia y México incluyeron la extradicción de capos por tres motivos: 1) castigarlos y neutralizarlos en cárceles herméticas; 2) quitarles dinero y propiedades; y 3) sacarles información para perseguir a otros capos, y poder administrar el flujo de narcóticos a su territorio. Para reducir las resistencias de los extraditables les ofrecieron complejos “tratos” (plea agreements).

            En Colombia los capos obligaron al Estado colombiano a interrumpir las extradiciones temporalmente. Los mexicanos asumieron la inevitabilidad del traslado, tal vez porque le encontraron ventajas a una negociación que les permite tener mejores condiciones carcelarias y la posibilidad de experimentar en libertad la tercera edad. Héctor “El Güero” Palma deja la prisión a los 56 años (su edad no está bien determinada) y Osiel Cárdenas a los 68 años. Mientras que los abogados de Joaquín “El Chapo” Guzmán ya negocian con los vecinos.

Los estadounidenses que defienden las extradiciones las consideran un mal necesario dada la debilidad de los aparatos de justicia latinoamericanos. Hay quienes aceptan las consecuencias no buscadas. Un agente federal estadounidense –citado por Corchado y Krause-- reconoce las fallas en la extradición de Osiel Cárdenas: “No entendimos las dinámicas [del crimen organizado en Tamaulipas] y mucha gente murió, inocentes incluidos”.

Hay extradiciones que incrementaron el costo humano y ¿para qué? ¿De qué ha servido que Colombia extraditara entre 2000 y 2010 a 1,221 delincuentes (93.6 % a los Estados Unidos) y México les enviara a 936 entre 2000 y 2015? ¿Cuál ha sido la utilidad de que Washington atesore información sobre el crimen organizado o que fragmente a los cárteles cuando el flujo de narcóticos a los Estados Unidos se mantiene? El resquebrajamiento de las grandes estructuras (en parte por el encarcelamiento de los capos) ha llevado a la aparición de minicarteles que dan origen a la violencia y delitos de brutalidad superior.

Además está la situación del dinero que les exigen. ¿Cuántos millones han recibido las arcas estadounidenses de los extraditados? ¿Han utilizado alguna parte en la reparación de las víctimas colombianas o mexicanas?

Cuando se revisan los resortes de la violencia criminal sorprende la repetición mecánica de políticas que los gobiernos de la región implementan sin entender, en ocasiones, su utilidad y consecuencias. Es el caso con las extradiciones.

 

 

 

Trump y Soros

La política exterior mexicana vaga desconcertada. Rechaza el muro de Donald Trump pero levanta barricadas a los preocupados por la tragedia humanitaria.

Este siete de junio se presentó un informe sobre las atrocidades cometidas en México. La Open Society Justice Initiative (financiada por el multimillonario George Soros) tiene una década en México, en 2012 empezó a investigar la violencia —con el acompañamiento de cinco importantes organismos civiles mexicanos—, entre el  1º de diciembre de 2006 y el 31 de diciembre de 2015. Es una visión panorámica que se complementa con una revisión a detalle de cinco entidades.

Entrevistaron a funcionarios y a víctimas, siguieron pistas y recuperaron documentos para, con esa base, elaborar un texto de prosa pulida conuna impresionante cantidad de información distribuida entre el texto central y las 1,242 notas a pie de página (disponible en: www.sergioaguayo.org). La travesía por los campos de la muerte mexicanos justifica un título bien pesado, “Atrocidades innegables. Confrontando crímenes de lesa humanidad en México”. Hay otras dos ideas que resumen lo encontrado: el problema es “generalizado” y los perpetradores son “actores tanto estatales como no estatales”. Entre estos últimos señalan en particular al violento Cartel de los Zetas.

El gobierno de Enrique Peña Nieto ya respondió con silencios y negaciones. La Open Society entregó el informe con una semana de anticipación a varias dependencias mexicanas (CNDH, Gobernación, Relaciones Exteriores y PGR). Hasta el domingo —según me confiaron en conversación telefónica— la réplica de todas las dependencias fue el silencio. No obstante, al The New York Times sí le respondieron. En su edición del pasado lunes, Elisabeth Malkin publicó un texto subrayando que por primera vez un informe como este, sostiene que en México se cometen crímenes de lesa humanidad. Son palabras mayores.

La Open Society propone, como salida a la crisis humanitaria, crear una “entidad de investigación internacional, con sede en México, que tenga el poder de investigar y procesar causas de manera independiente en materia de crímenes atroces y casos de gran corrupción”. Algo parecido a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), creada en 2006.

El gobierno peñanietista envió un comunicado a la reportera refutando las tesis de la Open Society Justice Initiative. Reitera que “en México, la inmensa mayoría de crímenes violentos han sido cometidos por organizaciones criminales” y que la participación de agentes estatales es “excepcional”. También rechazó la idea de una comisión internacional porque, según el gobierno, México “tiene la capacidad y la voluntad para enfrentar los retos a los derechos humanos”. El discurso gubernamental me recuerda a Platero, de Juan Ramón Jiménez: es “tan blando… que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”. Es decir, o ignoran a sus críticos o los rebaten con palabras, en lugar de evidencias.

El Estado mexicano sigue sin entender que la complicidad internacional frente a las atrocidades se ha ido esfumando y que México está irreversiblemente abierto al mundo. Son inutiles, y hasta contraproducentes, los esfuerzos que realizan desde hace algún tiempo por cerrar las puertas o responder con descalificaciones a quienes simplemente nos recuerdan la cotidianidad de la barbarie en México. Las críticas seguirán en tanto México siga anegado de sangre y dolor.

El informe de laOpen Society Justice Initiative se difundió cuando estaban reunidos en Washington nuestros 50 cónsules con el embajador y la secretaria de Relaciones Exteriores para aprenderle al “lobby judío” las formas de influir en los Estados Unidos y para deliberar sobre cómo responder a Donald Trump quien desea construir un muro entre los dos países. No pueden pedir eso allá mientras bloquean el acceso a México de relatores o desechan las críticas que le desagradan. Esa batalla la tienen perdida.

El Estado debería apoyarse en quienes están trabajando para poner un freno a la sangría y en la atención de las víctimas. La Open Society y las cinco OSC mexicanas lo hacen entregando un informe devastador pero certero y justo. Usémoslo, Estado y sociedad, para encontrar formas concretas para frenar, ellos y nosotros, atrocidades innegables.

 

 

 

Aguantamos el calor pero no la injusticia

Si las vidas de los movimientos sociales se dividiera en sexenios, el del Movimiento 5 de Junio ya paso su primero y quienes estaban en el poder cuando ocurrió la tragedia que los orillo a nacer, han vuelto con un “bono democrático” que los hace sentir invencibles y justicieros. O por lo menos esa es la sensación que quieren dar en complicidad con la prensa oficial y comprada de Sonora.

 

Este será el primer aniversario del incendio en la Guardería ABC en el que el PRI vuelve a ser gobierno después de un sexenio en el cual gobernó el PAN por el voto de castigo que la ciudadanía dio en contra de Eduardo Bours y de aquellos que protegieron a los dueños de la guardería, entre ellos la actual gobernadora Claudia Pavlovich Arellano. Coincidentemente con esta característica de la vida política de la entidad es que una inusitada ola de calor golpea Hermosillo justo el fin de semana que se conmemora el séptimo aniversario del trágico siniestro en el cual 49 bebes perdieron la vida y más de 100 quedaron con lesiones de por vida.

 

Durante la semana  anterior al aniversario, protección civil advirtió sobre esta condición meteorológica, recomendando reiteradamente que se evitara salir a las calles durante el día. Como si los hermosillenses no supiéramos vivir en el calor y no conociéramos estas temperaturas que en julio y agosto son muy comunes. El sábado la ciudad entera entro en una especie de psicosis colectiva por el calor que llegaba a los 49 grados, algo que en Agosto es regular. Parecía que el clima espantaría a los ciudadanos a manifestarse, beneficiando a los políticos de siempre que apuestan por el olvido. Pero no, hay cosas que no merecen perdón ni olvido y la muerte de 49 infantes y más de 100 niños lesionados de por vida es algo que una sociedad consiente no puede olvidar jamás y menos perdonar.

 

Las redes sociales comenzaron a inundarse con fotos de los angelitos que se perdieron en el infierno que generó la corrupción y avaricie de la clase dominante de Hermosillo. Ese infierno que desde hace 7 años, cada 5 de junio vuelve a quemar por dentro para recordarnos que la corrupción nos hace daño a todos y nos quita lo que más queremos para beneficiar únicamente a los más avaros, nefastos, impunes y despreciables seres. Porque eso son, seres despreciables.

 

Las redes hicieron lo que mejor saben hacer cuando son usadas bien,  tejer solidaridades y unir sentimientos. En poco tiempo las mismas personas que año con año marchan comenzaron a recordar porque se debe de marchar cada 5 de junio, porque vencemos al calor en una marcha multitudinaria que tiene un efecto catártico para la sociedad hermosillense, que es de memoria colectiva, de amor y solidaridad con las familias de los 49 angelitos y más de 100 niños lesionados de por vida.  

 

El que no marche hoy a las seis no es un hermosillense biennacido

 

“La solidaridad no conoce de climas ni otros impedimentos. Sábado 4 de Junio a las 2:00 pm, 45 grados en la plaza Zubeldia de Hermosillo. Manuel Barragán Reyna, el famoso "Churro", trabaja en las cruces colocando placas con los rostros de 49 niñas y niños que no debieron morir...

Mañana, marcha a 7 años ABC, 6:00 pm!”

Julio Cesar Márquez

“Marcha por la memoria y la justicia. A siete años de luto y lucha ABC.

Hoy 6:00 pm

De la guardería a la plaza Emiliana de Zubeldía.

‪#‎ABCNoSeOlvida#‎NiPerdónNiOlvido#‎JusticiaABC

Recomendaciones:

Ropa clara, manga larga de materiales frescos para protección del sol y calor, calzado cómodo. Hidratarse antes, durante y posterior a la marcha. Usar preferentemente bloqueador solar.

Sobre todo llevar nuestra fuerza, solidaridad y frente en alto. Demostremos que no están solos.”

Ignacio Castillo Arvayo

 

 
¿Te imaginas estar a unos 42 grados y tener frente a ti una bodega ardiendo? ¿te imaginas entrar ahí y tratar de rescatar a uno, dos, tres o diez niños y niñas? 
Ojalá muchos hubiéramos tenido la oportunidad y el valor de hacerlo. 
Si hace mucho calor pero nada que impida marchar ya que no pudimos entrar. 
Lleven suero, usen gorra o sombrilla, hagan lo que tengan que hacer pero no dejen que el calor nos detenga. 
Todos los años hace mucho calor en estas fechas. No elegimos la tragedia no el día en que debía suceder. No marchamos para estar agusto sino porque no lo estamos.
Mañana nos vemos como siempre para caminar juntos nuestra ciudad por el recuerdo y la esperanza y hoy si pueden y quieren música por ellos en la plaza bicentenario desde las 6:30 pm
No están solos... no están solos... no estamos solos...”

Alejandro Cabral

 

Hoy Hermosillo debe presionar
Hoy Hermosillo debe unirse
Hoy Hermosillo debe soportar soportar 50°
Hoy Hermosillo no te me rajes!
Tus niños te necesitan
MARCHA… ABC
desde la
Guardería ABC a la plaza Emiliana de Zubeldía
6:00 p.m.
NI… PERDON… NI… OLVIDO

Jorge Trewartha

El récord de temperatura más alta en Hermosillo quedó por siempre establecido el cinco de junio de 2009, cuando el incendio provocado en la Guardería ABC.
En este infanticidio murieron 49 infantes y decenas quedaron con lesiones de por vida.
Y los verdaderos culpables andan libres.
Los dueños de la guardería y quienes antepusieron la ganancia monetaria antes que la seguridad de los infantes.

Cayetano  Lucero

 

Recuerdo que en 2009 frente a la tragedia ABC, algunos activistas,luchadores e investigadores sociales, fueron omisos en las marchas, sumisos ante las declaraciones de la procuraduría y remisos en el reclamo de justicia, pero una vez que se fueron los Boursistas del gobierno, salieron a las calles a gritarle a la Constitución "dónde estás". 
Temían perder chambas o amistades sin darse cuenta de que tragedias como ABC o Ayotzinapa rebasan cualquier partido o personaje político. Fueron crímenes de Estado (por negligencia o con dolo) y manifestar repudio, así como dar seguimiento a la búsqueda de justicia, es un acto de amor y una responsabilidad social. 
Marcha con el corazón este 5 de junio.

Raquel Padilla

 

Calienta mas la impunidad que el cambio climático... nos vemos en la marcha.”

Rene Córdova Rascón

 

La ciudad tiene más sed de justicia

Llegue a las 5:30 PM a la plaza de los 100 años para dejar el carro y agarrar un Uber e ir a la marcha. Vi a otras personas hacer lo mismo. El año pasado me fui en un camión, pero en esta ocasión, quizás por la sicosis del calor hice uso de la nueva aplicación de transporte que hace apenas unos meses entro en la ciudad. Si, llegó primero Uber que la Justicia ABC.

 

Quien me toco en el Uber resulto ser amigo de Abraham Fraijo, padre de Emilia, uno de los angelitos que dejó esta ciudad-infierno hace siete veranos, o quizás mejor deba decir que se convirtió en una catarina y voló para jugar en todos los jardines llenos de esperanza. Mi conductor de Uber me contó como Emilia era los ojos de Abraham. Que siempre la presumía entre sus compas, que todavía la sigue presumiendo. Y es verdad porque solo apenas unas horas había visto que en su perfil subía un video de Emilia-catarina “bailadora, juguetona, perfecta.”

 

Mi Uber me ofreció chicles antes de dejarme: “No tengo agua que ofrecerte porque se me acabaron, pero toma un chicle y espero que me salga otro más pa traer a la marcha.” Hermosillo es un pañuelo y todos de una u otra forma estamos vinculados a alguno de los deudos de esta tragedia. Por esto a todos se nos queman las entrañas cada 5 de junio y no importa la temperatura que haga afuera, por dentro estamos ardiendo en llamas.

 

Afuera de la Guardería, de esa quemadura en la ciudad-infierno, ya estaba un contingente, menor que el de otros años, pero de todos modos significativamente nutrido. Salió puntual a las 6 de la tarde como cada año y como se había avisado en la convocatoria. La marcha, como cada año, fue encabezada por los niños de la banda de guerra de la escuela Prof. Alberto Gutiérrez, quienes al marcar de sus tambores le dan ritmo a la marcha. Atrás de la Banda de guerra siguieron familiares y amigos portando retratos de los 49 anguelitos que emprendieron el vuelo y atrás de ellos 49 banderas de colores rosa y azul pastel. Quizás la única novedad fue que este año se unieron los niños con lesiones y quemaduras, quienes por motivos de salud habían evitado las marchas pero ahora por fin se sentían fuertes para dar un ejemplo de solidaridad y dignidad.

 

Cuando el contingente tomo el Blv. Agustín Vildosola notablemente había doblado su número y comenzaba a recibir gente que se sumaba en el camino. Pero también, antes de unirse, algunos grupos  repartieron aguas a los manifestantes, incluso instalaron puestos con aguas heladas gratis para quien las quisiera tomar. Poco a poco la marcha venció a la ola de calor, reuniendo a un contingente igual de nutrido que años anteriores y haciendo al calor bajar con el sol, porque lo que ardía más éramos nosotros, era el amor y la solidaridad.

 

La marcha termino con la plaza Emiliana de Zubeldia llena, como todos los años y con las mismas consignas que ya se han convertido en una letanía ante los oídos sordos del poder. Pero aun así, padres ABC y hermosillenses vuelven a sellar su pacto de solidaridad con el manifiesto ABC a la nación que año con año se lee en público  después del pase de lista de los 49 angelitos. Un Manifiesto a la nación que cada vez suma más heridas como las de los 43 normalistas desaparecidos en Ayotzinapa, e injusticia como las que vive el magisterio con la reforma educativa del Pacto por México. Porque si algo han aprendido los hermosillenses con el grito de exigencia por la #JusticiaABC es que en este país-infierno, ante la corrupción, la impunidad y la falta de justicia que campea a sus anchas, todas las luchas por el respeto de los derechos humanos y la justicia son una sola.

NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

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